Sunday, August 26, 2012

Sobre perspectivas y tragedias

Colección de algunas cosas que se me ocurrieron a propósito de una representación pictórica:

La tragedia, según creemos: "La fe en valores absolutos, ilusoria como es, me parece condición de la existencia" (T. Mann), y yo añadiría: el prodigio humano consiste en vivir y seguir viviendo sabiendo que las creencias son nada más que creencias, mundos o ilusiones posibles, tan necesarias como improbables y probables al mismo tiempo.

Otra tragedia, según creemos: "Hechos es precisamente lo que no hay, sólo interpretaciones" (Nietzsche), pero una vuelta recursirva ad infinitum sobre la interpretación nos hace más patente la primera tragedia.

Una más, por si acaso, según creemos: nuestros conceptos, en tanto metáforas, configuran nuestra realidad; con eso quedamos atrapados en nuestra subjetividad, si es que no tenemos una subjetividad un poco más grande que es lo que se llamaría un "mundo común"

Alguien con la sensibilidad suficiente, podría llorar después de esta otra tragedia, según creemos: no sabemos lo que hacemos, y tal vez por eso la sabiduría que se esconde detrás del verso bíblico: "Perdónalos, porque no saben lo que hacen".

Y todo esto a propósito de lo que me dejó pensando cuando vi por primera vez esta foto digital de un cuadro de Gauguin


Según cuentan los libros que ando leyendo estos días, al ver esta pintura Van Gogh expresó: "Ese soy yo verdaderamente, pero tal como si me hubiera vuelto loco", y al menos de parte de Vincent, la convivencia con Gauguin fue otro, tal vez el último, de los detonantes de su enfermedad mental. Pero en tanto que ninguno sabía lo que estaba haciendo, tratando de reconocer objetivamente sus propias perspectivas, lo que la foto digital de la pintura me dejó como sensación, fue la necesidad de apertura de mundo desde la perspectiva, y como todo desde allí vibra internamente, aunque la sindérese de la razón vuelva a dejar todo en su sitio y exprese el pensar la tragedia de la necesaria perspectiva.


Tuesday, May 1, 2012

Trabajos de oficina

"Trabajos de oficina" es el nombre de un cuento corto de Julio Cortázar, encontrado alguna vez por casualidad en medio de miles de libros tristes de una biblioteca. Por aquellos años, las clases de semiología fueron como un bálsamo que curó una aversión causada antaño en el colegio. Fueron años de reconciliación. Una parte del cuento dice lo siguiente:

"Mi fiel secretaria se ocupa o querría ocuparse de todo en mi oficina. Nos pasamos todo el día librando una cordial batalla de jurisdicciones, un sonriente intercambio de minas y contraminas, de salidas y retiradas, de prisiones y rescates. (...) Mi fiel secretaria arregla entre tanto la oficina, distraída en apariencia, pero pronta al salto. A mitad de un verso que nacía tan contento, el pobre, la oigo que inicia su horrible chillido de censura, y entonces mi lápiz vuelve al galope hacia las palabras vedadas, las tacha presuroso, ordena el desorden, fija, limpia y da esplendor, y lo que queda está probablemente muy bien, pero esta tristeza, este gusto a traición en la lengua, esta cara de jefe con su secretaria."




Estas figuras de la secretaria, el jefe, la oficina, las palabras, el orden y el desorden y esa batalla de jurisdicciones me resultan sumamente llamativas, especialmente si las relaciono con ese proceso de reconciliación que mencionaba al inicio. El chillido de censura ante el desorden aparente de los versos es como la censura de la razón, ordenadora por excelencia, presta y diligente, como una secretaria al estilo de Cortázar, tomando al pie de la letra sus dictados, y estando lista a ordenar, a poner las cosas en una lógica bien particular y definida, que es la definición de orden en este caso. Pero ¿por qué desde la razón puede decirse que un verso, naciente bello y hermoso, pueda parecer desorden?

El verso puede tener su propio orden, luego de algún modo podría ser percibido por la razón como ordenado de alguna manera; posiblemente Cortázar presuponga esto en su verso, pero si lo ha colocado en relación de desorden, ¿puede significar esto simple acaso o se podría tematizar el asunto? Puede ser mero acaso, sin intención alguna de relación, pues tal vez la obra, en tanto definirse como obra, lo es si puede trascender su autor. De este modo, bajo esos presupuestos, parece que el desorden es porque la razón es llevada a un ámbito desconocido para ella, en donde no acostumbra a moverse y ser, pues es el ámbito de algo variable que puede ser difícil de ordenar por la rapidez de la variación. Así, tal vez sea ese el tipo de "desorden" que no pueda soportar la razón.

Sin embargo, la razón misma sabe que hay un orden, sólo que es otro orden, no diferente del suyo, pero sí un poco más difícil de ordenar. Los afectos, sentimientos, emociones, pasiones, pareceres, sensaciones, asociaciones, etc. es como un mundo paralelo para la razón, pero tal vez no un mundo desconocido del todo, sólo que deliberadamente incomunicado por algún tiempo. Se trata, entonces, de orden del sentir, que emerge con su propia lógica, su propio orden y su propia razón. Cuando los filósofos abordan filosóficamente este asunto, la perplejidad, como la profundidad asoman.

Tomaré en este caso al pensador de la intimidad, Agustín, cuando al comienzo de su libro X de sus Confesiones trata sobre el "abismo de la consciencia humana", abre el espacio a una fenomenología de la confesión:

"Así, pues, mi confesión en tu presencia, Dios mío, se hace callada y no calladamente: calla en cuanto al ruido de las palabras, clama en cuanto al afecto"
Parece insinuar que es el ese abismo profundo que es la mente humana, el pensamiento, en este caso el discurso, la sobreabundancia de palabras, de ruidos, como bien los llama el pensador africano, parece tan sólo como una especie de ámbito emergente de exterioridad y de contacto, pero en otro momento, en el momento de la interioridad, emerge entonces otra parte, un poco menos ruidosa, pero más expresiva, la interioridad de los afectos. Afectos que hablan sin palabras, expresan en silencio, contacto entre sí y algo más íntimo de sí mismo.

La confesión se hace callada, hablan los afectos, así comprendí lo que me llevó a reconciliarme con lo que en general yo llamo "literatura", la integración de un lenguaje diferente a la razón. En mi caso, he aprendido a no tachar presuroso las palabras nacientes de un verso del corazón.

Monday, January 9, 2012

Para que hubiera un comienzo fue creado el hombre

Quiero comenzar este blog con una cita tomada de una magnífica novela:
"Las cosas parecen tener vida propia -pregonaba el gitano con áspero acento-, todo es cuestión de despertarles el ánima" -- Cien años de soledad
Esas fueron las palabras del gitano cuano observaba cuan estupefactos se encontraban todos al ver cómo dos lingotes imantados atraían las cosas de metal: los calderos, las pailas, las tenazas y los anafes. Quería creer o al menos crear la sensación de que las cosas tenía vida, y que esa vida que tienen suele estar como dormida, y por eso se nos parecen inertes, pero si se les despierta esa vida que llevan dentro, pues entonces viven, y el sinónimo de la vida es el movimiento, pues sólo cuando las cosas se movían a su propio ritmo es cuando se hace la asociación de estar despierto y de estar vivo.

Es como si movimiento, vida, y estar despierto fuesen lo mismo y tal vez desde nuestra experiencia cotidiana así lo sentimos, pero el sentido de esta asociación de sentidos es despertar mi escritura, que por momentos duerme, o que tal vez durante mucho tiempo ha estado dormida; no se trata de que nunca escriba, pues tal vez eso me lo paso haciendo muchas veces al día y al año, pero tal vez no sea esa la escritura que ahora quiero despertar su alma.

Ya desde las primeras páginas de Cien años de soledad siento el movimiento de la vida de las palabras, es como si tomaran un nuevo aire, pues son las mismas palabras que quien sabe cuántas veces habré pronunciado en mi vida, pero tienen la novedad de estar llevas de alma, de vida. Así siento, por ejemplo, esta otra frase tomada de allí mismo:

"Macondo era entonces una ladea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo."




Me encanta imaginarme esta escena, varias persona hablando y de repente tener que parar la conversación para señalar algo porque todavía no tiene nombre; tal vez sería algo así como lo siguiente:


- ¿Y cómo sentiste el agua?

- Bastante fría, me gustó mucho, es apenas apropiada para estos días tan calurosos, pero cuando salí sentí que algo me había picado, sentí un dolor enorme en mi pié, que no pude sostenerme y tuve que dejarme caer en la arena.

- ¡No puede ser!, ¿qué te ha pasado?

- Nada grave, pero no pude levantarme rápido de allí

- ¿Por qué?

- Porque aquel dolor inicial que tuve cuando me conrté un poco mi dedo pulgar con el filo de una piedra, se me fue yendo del dedo y poco tiempo ya no sentía nada, y todo porque me encontré con eso  -señalando con el dedo aquello con lo que se había encontrado-

Los dos guardaron silencio por unos breves segundos, fue un silencio más denso de lo que se podía esperar, pero después, como si se hubieran puesto de acuerdo, se preguntaron el uno al otro cómo iban a llamar eso que tenían ante sus ojos, y pasaron todo el resto de la tarde dando opciones, escuchando las opciones de otros, y mostrando por qué un nombre podía parecer mejor que otro, y así todos los habitantes de ese pueblo de veinte casas de barro y cañabrava, a orillas de un río de aguas diáfanas, inventaron los nombres de muchas cosas, y quién sabe si muchos de esos nombres hayan llegado levemente modificados hasta nosotros.